Derecho a la vida

Tiranía voluntarista: hay que seguir atentos


La sociedad que da soberanía a un parlamento está basada en la libérrima voluntad de cada uno de los individuos a los que ese parlamento representa.

Niños judios liberados de un campo de concentración nazi

La democracia es el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo, donde todos ostentan los mismos derechos y deberes; donde gobierna la mayoría respetando siempre a la minoría y teniendo en cuenta su opinión. Esta es la teoría que, a veces, se nos olvida.Pero, existe un límite que un parlamento no puede traspasar que es el nivel de la libertad de las personas individuales, que son antes que el parlamento o que el Estado y no me refiero a despropósitos como no cumplir con las obligaciones de ciudadano, me refiero a temas tremendamente clave como el principio y fin de la vida, o como la reproducción asistida y la esterilización.

A este tenor, parece que Christine McCafferty, a modo de una reencarnación de olvidadas tiranías del siglo XX, sigue adelante con su propuesta que pone frente a frente los derechos de la mujer a eliminar a su hijo (según McCafferty) y los del sanitario a no ayudarle a hacerlo. Y el día 7 se ha votado en el Consejo de Europa un proyecto de resolución que podía heber puesto en apuros de salir victorioso el derecho a la objeción de conciencia de los sanitarios europeos.

El hedor a radicalismo, a fundamentalismo voluntarista se aprecia hasta a este lado de los Pirineos. McCafferty y su grupo han echado un órdago a los fundamentos de la Europa unida. Los profesionales de la salud no tienen libertad: han de idenficarse como los judíos de la Alemania nazi –triste comparación, pero cierta- o han de actuar en contra de su conciencia, con todo lo que ello implica. Es un camina o revienta planteado en los términos más radicales que hemos vivido en los últimos tiempos.

iniciativa presentada no quiere entender el fundamento de la objeción de conciencia, que lejos de toda arbitrariedad, es la razón por la que actuamos, por la que hacemos lo que hacemos, como lo hacemos o no.

Se da la paradoja de que un teórico correligionario de McCafferty (del Partido Social Europeo), Tomás Gómez, candidato a las primarias de la Federación Socialista madrileña, ha dicho en estos días pasados que: “cuando uno actúa en conciencia, nunca se equivoca”. Podríamos teorizar extensamente sobre todo esto, el beato JH Newman tiene enorme cantidad de páginas sobre ello; por su parte, santo Tomás Moro, es la objeción de conciencia misma (no por apoyar al Papa de Roma frente a Enrique VIII, como han dicho algunos, sino por no ratificar con su firma lo que su conciencia le impedía firmar que en definitiva era la separación de Inglaterra de la Cristiandad, que es muy diferente).

McCafferty nos lleva cinco siglos después a la misma situación: firma o muere. Aunque se trate de una especie de muerte civil, como la estrella de los judíos, pues ¿qué diferencia hay entre la obligación a inscribirse en una lista de objetores y crear un registro público de los que están en esa lista y obligar a los judíos a ponerse una estrella de David para ser diferenciados de los demás ciudadanos? Por si esto fuera poco, se pretende que el sanitario tenga que probar que su objeción “está basada en la conciencia o en creencias religiosas y que su rechazo lo da de buena fe”.

Todo está sometido a la voluntad de la mujer que quiere abortar, que quiere eliminar a su hijo que es calificado de no deseado, paralelismo de subhombre, volviendo al paralelismo judío. El voluntarismo no puede ser la base del gobierno de las naciones. McCafferty puede tener el poder, pero no tiene la autoridad –nadie la tiene- de eliminar vidas humanas, y todavía menos de obligar a otros a actuar como brazo ejecutor de su voluntad, sostenida sobre su poder. El poder sin autoridad, se llama tiranía.

Stalin y Lenin exterminadores en Rusia durante el siglo XX

Esta en fin, no es una Europa de las libertades, esta Europa que pretende McCaferty y su grupo es una Europa errática, incapaz de ilusionar a nadie. Una Europa que, por reducción al absurdo, hoy puede decidir quitar su derecho a atender la voz de su conciencia a un sanitario y mañana nos puede obligar a que matemos a los viejos, porque estorban o a matar a los negros por que son distintos o cualquier cosa que su voluntad escoja como adecuado en ese momento, como hacer un listado de objetores.

La Europa que pretende McCafferty –parafraseando a Machado- no es de ayer ni es de mañana, sino de nunca; es una fruta vana. Vana y peligrosísima, que puede sentar un precedente aterrador.

Termino diciendo que esto es el principio –la continuación, más bien- de un conjunto de políticas que pasan desapercibidas a nivel de los países particulares, hasta el día en que le afectan a uno. Entonces, ya no tienen solución. El totalitarismo tipo “gran hermano” de Orwell no tiene freno.

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